Cuando por fin pensábamos que habíamos encontrado un lugar tranquilo, un rincón vacío y sosegado, sin perturbadores nocturnos, una tétrica silueta se dejaba entrever en la lejanía, posada sobre una roca. La oscuridad de la noche confundía. ¿Se estaba moviendo? ¿Estaba girando sobre sí misma? ¿Se estaba dividiendo en dos partes? Nuestros cuerpos estaban incómodos. Fuese lo que fuese, nos estaba diciendo que aunque no hubiese nadie, no estábamos solos.
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